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Alimentos comúnmente seleccionados por personas que presentan estados de ansiedad.

Lic. Monica Cuevas Martinez

Lic. Monica Cuevas Martinez

Hace 4 meses

  • Diversos estudios demuestran cómo las costumbres familiares, las influencias externas, las respuestas aprendidas y hasta el propio estado de ánimo, tienen más fuerza que la genética en nuestro comportamiento alimentario.
  • Aunque los mecanismos del hambre y la saciedad son complejos y responden en gran medida a marcadores neurobiológicos, también hay que considerar que reaccionamos a distintos estímulos que distan del simple hecho de experimentar hambre, los cuales nos hacen seleccionar o elegir cierto tipo de alimentos sobre otros.

En los siguientes párrafos se enuncian cuáles son los alimentos que se seleccionan y su relación con el estado ansioso en el que la persona se encuentra al momento de elegir comerlos.

Se considera este estado ansioso como un estímulo interno al individuo previo a la elección, el cual aparece de manera recurrente como parte de su personalidad, y es considerado dentro del propio repertorio conductual con características de un ciclo estimulo-respuesta semejante al ciclo adictivo de sustancias tóxicas debido al sistema de recompensas que se experimenta.

Resulta importante conocer cuáles son los tipos de alimentos seleccionados para poder hacer una diferenciación entre si la elección es parte de una respuesta natural de hambre biológica o es una estrategia no adaptativa que genera impulsos adictivos al comer.

Uno de los responsables de la ingesta excesiva es «comer de manera mecánica», sin prestar atención ni distinguir la sensación de hambre real, de las “ganas” de comer, que bien puede responder a un apetito desordenado y ansioso.

Otro comportamiento común que denota el hecho de comer, derivado de la ansiedad es el «picoteo», además del hecho de comer demasiada cantidad para las necesidades individuales del organismo.

Hay nutricionistas, como María Sanabdón, que con el apoyo psicológico hace un abordaje global de la conducta alimentaria con el propósito principal de que el individuo sea consciente de los estímulos que recibe, cómo le afectan a su elección y cómo es capaz de manejarlos o qué dificultades tiene para canalizarlos.

La experta da ejemplos de distintos estímulos que hacen «comer mecánicamente», no por hambre.

Estímulos internos: Impulso de comer más en el trabajo debido a estados de estrés o ansiedad, impulso de comer por aburrimiento en casa, impulso de comer al llegar nervioso del trabajo…

Estímulos externos, Impulso de comer mientras se prepara la comida o la cena, impulso de comer cuando se ve la televisión, impulso de comer justo después de hacer la compra, impulso de comer si se trabaja en un bar o en una pastelería…

Las “ideas ansiosas” pueden influenciar nuestro comportamiento.

La ansiedad es un estado mental que genera una gran inquietud y una extrema inseguridad. Se divide en dos: ansiedad adaptativa y ansiedad patológica. La primera de ellas puede considerarse un mecanismo de adaptación natural, que permite estar alerta ante ciertos sucesos estresantes. Cuando la intensidad aumenta en frecuencia e intensidad y provoca malestares significativos individuales y /o sociales, es cuando se considera patológica.

Se han realizado muchos estudios, pero los científicos no han podido definir una causa exacta que genere el estado ansioso. Sin embargo, existen una serie de factores que pueden influenciar su aparición. (Beck & Greenberg, 1988; Craske, 2003). Resumen que algunas de las causas de la ansiedad son: los factores hereditarios, el ambiente en el que se vive, eventos traumáticos, sufrir demasiado estrés, vivir cambios radicales, etc.

Los síntomas característicos de la ansiedad son muy variados y pueden clasificarse en diferentes grupos:

Síntomas físicos: taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire, temblores, sudoración, molestias digestivas, náuseas, vómitos, alteraciones en la alimentación, tensión y rigidez muscular, cansancio, sensación de mareo e inestabilidad, etc.

Síntomas psicológicos: inquietud, agobio, sensación de amenaza o peligro, ganas de huir o atacar, inseguridad, sensación de extrañeza, temor a perder el control, incertidumbre, dificultad para tomar decisiones, etc.

Síntomas conductuales: estado de alerta e hipervigilancia, bloqueos, torpeza o dificultad para actuar, impulsividad, dificultad para estarse quieto, etc.

Síntomas cognitivos o intelectuales: dificultad de atención, concentración y memoria, aumento de despistes y descuidos, preocupación excesiva, rumiación, pensamientos distorsionados e inoportunos, sensación de confusión, tendencia a recordar sobre todo cosas desagradables, etc.

Síntomas sociales: irritabilidad, dificultades para iniciar o mantener una conversación, verborrea, quedarse en blanco, etc.

“Cuando estoy preocupada o tengo ansiedad, me da por comer más”.

Resulta ser una afirmación comúnmente escuchada en el ámbito de la consulta psicológica y nutricional; son procesos que se viven como se explica anteriormente de manera mecánica o automática que se convierten, en ocasiones, en círculos viciosos.

Al experimentar ese estado ansioso en donde predominan las respuestas de inquietud, dificultad para tomar decisiones, el actuar impulsivamente, inestabilidad; no solo hay una tendencia por comer mayor cantidad, sino por elegir alimentos adictivos.

A su vez, el aumento de peso y el experimentar cómo cambia el propio cuerpo, hace más vívidas las sensaciones desagradables y estados displacenteros nuevamente generando ansiedad y provocando la elección errónea una vez más.

La ansiedad en ocasiones llega a nuestra vida sin que nos demos cuenta y comer se convierte en ese acto cotidiano capaz de “relajarnos”. En el momento que le ofrecemos algo a nuestro estómago encontramos cierta satisfacción y cierta calma, pero este proceso no termina aquí.

Antes y después de esta ingesta excesiva de alimentos que se viven como descontrolados, hay un estado afectivo negativo, donde predomina la ansiedad elevada o el estrés. Estos episodios de ingesta voraz y desmesurada se dan en situaciones limitadas, sobre todo para paliar un estado afectivo displacentero, con predominio de la ansiedad.

La selección y el consumo de alimentos adictivos sirve para relajar este estado de tensión. Luego de ésto, los sentimientos de culpa o disforia no son muy intensos, por lo que transcurre el tiempo y parece ser un comportamiento “normal” el cual dejamos pasar y podríamos repetir una y otra vez sin encontrarle aparente inconveniente. Pero si se repite constantemente, la autoestima se ve afectada, aparecen hirientes sentimientos de culpa y el mismo estado que se quiere evitar, tiende a empeorar.

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Alimentos adictivos

La alimentación es una parte elemental de la vida diaria, no sólo por la necesidad de conseguir nutrientes y energía, sino por el simple placer de comer algo que nos sepa bien, por la experiencia gastronómica y de sabor. Sin embargo, hay alimentos que se consumen en mayor cantidad que otros, que son nuestros favoritos y que, reconozcámoslo, somos adictos a ellos.

No se puede eludir que la selección de cierto tipo de alimentos suele estar impregnada de la subjetividad de quien elige, dado que la preferencia del seleccionador suele inclinar muchas veces la balanza a la hora de la elección.

Si bien por supuesto se tiene en cuenta que la selección reúna a los mejores en la categoría, también influyen los gustos de quien selecciona y como se enunció con anterioridad, el estado emocional que permea al individuo al momento de tal elección.

Un estudio reciente buscó las cualidades adictivas de algunos de los alimentos más consumidos en EE.UU. y halló que (como era de esperarse) estos se encuentran en los alimentos con mayor cantidad de carbohidartos y grasas. Para el estudio se basaron en una escala de adicción que elaboró la Universidad de Yale y analizaron a 500 participantes. El estudio se basó en una lista de 35 alimentos que incluyen brócoli, tocino, pollo frito, palomitas, zanahorias y pepinos entre otros. La escala que mide el grado de adicción marca el 1 como el alimento menos adictivo y el 7 como el más adictivo. Estos son los 10 alimentos más adictivos de esa lista.

  1. Queso
  2. Pastel
  3. Refrescos
  4. Hamburguesa
  5. Papas a la francesa
  6. Helado
  7. Galletas óreo
  8. Papas fritas
  9. Chocolate
  10. Pizza

Existe una relación entre alimentos y adicción, cuya relevancia reside sobre las grasas, azúcares y sal, dichos componentes se extraen y se concentran en los alimentos procesados en cantidades muy por encima de lo que nuestros cuerpos pueden asimilar, provocando así una fuerte descarga en el cerebro.

El cerebro humano es muy complejo y cada parte realiza un trabajo específico que, sumado a las del resto, nos hacen funcionar y comportarnos de cierta manera.

El sistema de recompensa del cerebro, se caracteriza por ser un conjunto de estructuras que, mediante estímulos, permite al individuo experimentar sensaciones positivas después de realizar cierta actividad y le permite modificar comportamientos mediante un refuerzo positivo.

Placer y recompensa

El sistema de recompensa del cerebro se activa frente a un estímulo y envía señales mediante conexiones neuronales, para que se liberen a los neurotransmisores responsables de sensaciones placenteras como la dopamina oxitocina.

Su objetivo es claro: hacer que queramos repetir uno o más comportamientos, como forma de asegurar la existencia. Por ejemplo, la sensación placentera de comer algo delicioso, hace que queramos repetir la acción.

Asimismo, el sistema de recompensa del cerebro también es capaz de liberar dopamina ante acciones que no son beneficiosas.

Los sistemas de recompensa son centros en el sistema nervioso central que obedecen a estímulos específicos y naturales. Regulados por neurotransmisores, Este sistema está compuesto por zonas mesolímbicas y mesocorticales del cerebro. de modo puede cambiar su funcionamiento y su respuesta a los estímulos ambientales.

El sistema de recompensa es el más importante implicado en el desarrollo de la adicción y permite que el individuo desarrolle conductas aprendidas que responden a hechos placenteros o de desagrado.

Las áreas del cerebro que conforman el sistema de recompensa cerebral son: el Área Ventral Tegmental, el Núcleo Accumbens, la Corteza Prefrontal y el Hipotálamo Lateral.

Estos núcleos cerebrales están interconectados entre sí en un circuito llamado Circuito Reforzador Límbico-Motor que está relacionado con funciones de motivación (el Límbico) y locomotoras (el Motor). La estimulación excesiva de éste conlleva, en las personas predispuestas, a cambios bioquímicos permanentes que median la reacción adictiva,

Las actividades hedonistas y las sustancias de abuso afectan el cerebro a través del acceso provisto por el sistema de la recompensa, el cual está constituido por neuronas que descargan sustancias químicas, o neurotransmisores, cuando son estimuladas.

Así, las sustancias y actividades de abuso, siempre placenteras, a pesar de ser nocivas para el organismo, logran apoderarse de centros del cerebro, por medio del placer, para asegurar el hábito mantenido de las mismas.

Enunciado todo lo anterior; como parte de un análisis el cual incluye la separación de ideas y conceptos descritos con la finalidad de comprender la concordancia de ideas en torno a nuestro principal objetivo.

 

Ilustración 1 Adicción a la comida procesada en estado ansioso

La Ilustración 1 describe el ciclo en donde un individuo previo a una selección de alimentos altos en grasa, sal y/o azúcar, experimenta un estado eufórico placentero el cual inhibe lo negativo que pudo provocar el impulso previo a la selección, en este momento existe una activación de vías de recompensa a nivel cerebral dentro de las cuales, el individuo disfruta y evalúa como positivo el haber accedido a sus impulsos, seguido de un periodo de calma y adaptación neural, se experimenta orgánicamente una necesidad mayor de consumo para experimentar el mismo o un mayor grado de satisfacción; aquí entran en juego estímulos internos evaluados como displacenteros generadores de estados de ansiedad, activando el centro de regulación emocional el cual a manera conductual dicta mayor apetencia y un apremiante impulso por volver a consumir y seleccionar el mismo tipo de alimentos adictivos; con la finalidad de encontrar alivio o escape a estas sensaciones de ansiedad, vuelve el consumo con características de pérdida de control.

“El exceso de azúcar en la sangre puede actuar sobre el cerebro de forma muy similar al abuso de drogas”, señala Bart Hoebel (n.d)., de la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, tras presentar sus resultados esta semana en un encuentro del Colegio Estadounidense de Neuropsicofarmacología en Arizona.

El autor afirmó que tomar agua azucarada en exceso generó en las ratas analizadas cambios de conducta y neuroquímicos que se asemejaban las modificaciones que se producen cuando los animales o las personas abusan de ciertas sustancias.

“Estos animales mostraron señales de cese de un hábito adictivo e incluso efectos posteriores duraderos que se parecerían al síndrome de abstinencia”,

También afecta la producción de dopamina, hormona relacionada con la capacidad de aprendizaje, motivación y memoria.

El nutricionista Brian Wansink ha profundizado en esta materia y ha abordado, en sus diversas investigaciones, los distintos factores que afectan de manera notable al comportamiento alimentario: se come más cuando se deja la comida a la vista, cuando se ve, se huele o se tiene fácil acceso al alimento preferido o a los ‘caprichos’ o si se va a comprar hambriento.

Podríamos decir que detrás de la ansiedad por comer hay siempre un componente emocional, ahí donde la comida se convierte en un modo de obtener una satisfacción rápida, de disfrutar por un momento de algo muy dulce, de un capricho salado, de algo sabroso y rico en grasas que nos llena y deleita durante un breve instante. El dulce nos hace subir las endorfinas y es un pequeño placer que, a veces, cubre esos problemas emocionales.

Esto nos enfrenta ante una realidad inminente en donde estamos tan expuestos, gracias a la mercadotecnia y la industria alimentaria, ante un consumo elevado de calorías y alimentos de bajo aporte nutricional que, si bien de manera fugaz y momentánea alivian algún estado emocional que es experimentado como no deseado, contribuyen a largo plazo a la generación de impulsos de comportamientos autómatas y altamente destructivos para el ser humano relacionados directamente con enfermedades del metabolismo.

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Lic. Monica Cuevas Martinez

Lic. Monica Cuevas Martinez • Lic. Psicología

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